4. Reflexiones finales
Esta investigación dialoga entre dos tiempos: el siglo XIX y mi tiempo presente[1], cronologías que se cruzan y hacen eco entre sí bien a lo largo de la estructura del trabajo, la cual guía la lectura desde el pasado hasta el día de hoy grosso modo. En este punto, sin embargo, retomaré los argumentos de forma temática y no cronológica.
El archivo es un espacio que alberga contenido, pero no sólo aquello que está explícito, sino también lo que queda fuera de la narrativa escrita. Al observar una colección botánica, surge la pregunta: ¿qué se inscribe en una etiqueta de descripción taxonómica? Las etiquetas juegan un papel crucial, ya que contienen la información que define el espécimen y justifican su conservación. Sin la etiqueta, la existencia misma del espécimen dentro de la colección carecería de sentido; se tornaría en un cuerpo indeterminado. La etiqueta no solo documenta el momento y las circunstancias de la colecta —quién, dónde, cuándo— sino que se convierte en un testimonio del cuerpo vivo, que inevitablemente se transformará en espécimen. Este proceso de secado y conservación altera las propiedades de la planta, y lo que queda es una representación temporal de la vida que tuvo en el campo. Sin embargo, la etiqueta soporta la afirmación de que aquello que ha sido colectado merece ser guardado.
¿Qué individuos se consideran aceptados para ingresar a un herbario, y bajo qué condiciones? Estas decisiones no son arbitrarias; responden a la finalidad que da forma al registro. La colecta no es un acto neutral, sino una acción dirigida por el propósito científico que define tanto lo que se guarda como la manera en que se guarda. Al igual que los objetivos de la Comisión Corográfica respondían a determinadas demandas políticas del gobierno nacional en aquel entonces, las investigaciones actuales sobre el territorio colombiano, ya sea con financiación nacional, internacional, gubernamental o no gubernamental, también responden a demandas políticas, económicas y científicas. Hoy en día podemos ver un aumento de las investigaciones sobre la Amazonía colombiana por parte de ONG (Gaia, Conservation International…) e institutos de investigación nacionales e internacionales (la Universidad Nacional de Colombia, el SINCHI, Field Museum…). La selección y recolección, lejos de ser una etapa “objetiva” de la botánica, es una manifestación tanto de las inclinaciones estéticas y emocionales de los botánicos, como de las lógicas de extracción de conocimiento y saber.
Por otro lado, la colecta en sí, más que un simple acto de acumulación, responde a la necesidad de captar las variaciones dentro de una misma especie. Cada individuo tiene pequeñas diferencias que, al ser comparadas, permiten promediar y definir lo que llamamos especie. La observación cuidadosa y el registro sistemático son fundamentales para no perder las sutilezas que dan forma a la biodiversidad. En las colecciones botánicas, el color y la disposición se pierden en el proceso de conservación, mientras que las representaciones iconográficas intentan capturar una idea infinita e ideal de la especie. Se dibuja entonces una línea entre lo temporal y lo infinito, entre el cuerpo que se deteriora y la idea de una especie que trasciende.
Finalmente, surge el problema de la representación: ¿es la fotografía una herramienta suficiente para reemplazar la colecta física? Aunque útil, carece de los otros sentidos que acompañan al investigador en el campo, como el tacto y el olfato, que también juegan un papel en la comprensión del objeto de estudio. Las colecciones y las formas de representación deben dialogar entre sí, reconociendo que ninguna es infalible ni definitiva.
Detrás de cada colecta, las libretas de apuntes y las tecnologías de registro permiten recuperar, no solo los datos científicos, sino también la experiencia afectiva del encuentro. Al regresar a estas notas, podemos rastrear recorridos y reconstruir historias de especies aún sin nombre, basadas en ilustraciones o descripciones de expediciones pasadas. Sin embargo, las tecnologías de registro no son infalibles, y la compatibilidad con los dispositivos modernos de análisis es un reto constante. Los archivos de la naturaleza no son simples depósitos de objetos naturales, sino complejas redes de información sensorial, visual y afectiva que valen la pena ser sistematizadas para la investigación. Así, la sistematización de la observación se convierte en una ciencia de representación.
Con los puntos, ideas e interrogantes anteriores busco establecer un diálogo directo entre la botánica y la historia a través de las fases y procesos del conocimiento práctico, teórico y taxonómico que culmina en la producción de un ejemplar botánico. Mi interés se enfoca en la interrelación entre los contextos de producción y las trayectorias de uso para así considerar estos especímenes como fuentes históricas.
Gracias a las relaciones plegadas en el espécimen y desplegadas en la práctica de la colecta, la ciencia taxonómica participa por lo tanto de la producción del mundo como único […] y lo hace precisamente gracias a su manera de plegar mundos divergentes en la evidencia misma. Así, la ciencia se hace universal haciendo al mismo tiempo que los otros conocimientos no puedan ser sino locales[2]
y por ende históricos. El acercamiento a los archivos de la naturaleza implica entonces contextualizar y explorar sensorial y sensiblemente las diversas formas en que estos especímenes han sido creados, utilizados y reinterpretados a lo largo del tiempo.
[1] Específicamente los años en los que fui estudiante de Historia en la Universidad Nacional de Colombia (2018-2024).
[2] Medina, «Lo que pliega la colecta», 43.